Dime en qué andas y te diré quien eres
Con la Rafa somos de lo más amigas. Nos acompañamos a todos lados… hemos recorrido grandes distancias juntas y quizás cuántas nos quedan por recorrer. Ella siempre está dispuesta a ir conmigo a cualquier lugar, por muy lejos que éste se encuentre. Tiene un espíritu de superación impresionante, a veces ni yo misma puedo entender de dónde saca fuerza para seguir andando. Rafaela tiene mucha paciencia…siempre escucha mis divagaciones, mis preguntas y mis respuestas, mis canciones, mis puteadas. Me anima cuando vamos subiendo, y disfruta a carcajadas la locura de bajar a toda velocidad por las calles de Santiago; por desgracia esta es la única ciudad que conoce, pero pretendo en un futuro no muy lejano llevarla a conocer otras localidades. Yo también la escucho a veces, pero es una mujer de pocas palabras y su voz es muy delicada. De repente escucho un susurro muy suave que me pide ciertos cuidados, entonces yo detengo el viaje e inflo sus pequeñas rueditas. Sin embargo, cuando se enoja es cosa seria, pues saca un tremendo vozarrón de la misma bocinita de la que cuando está feliz salen tan diáfanos sonidos, o de los mismos frenos que la protegen de las precipitadas pendientes.
A decir verdad, jamás pensé que llegaría a quererla tanto…cuando la vi en esa tienda, esperando en fila a ser llamada, algo en su mirada me llevó a elegirla. Inmediatamente después de señalarla, ella se ruborizó, avergonzada del sorpresivo protagonismo que había adquirido su impecable cuerpo, pero a la vez expectante por salir a conocer el mundo. Me gustaría que nuestra amistad hubiera empezado bien, ya que, para ser sincera, no tenía grandes expectativas de nuestra relación cuando nos conocimos. Las circunstancias que me llevaron a hacerla mía fueron un tanto desfavorables: tras el hurto de Rafaela primera me vi obligada a buscar con rapidez una reemplazante por temas puramente prácticos de urgencia movilizante. Nunca imaginé que Rafaelita, como la bauticé -finalmente decidí conservar el nombre de Rafaela, pues el diminutivo era una mera alusión a su tamaño-llegaría a ser tan aperrada. Pedaleamos de día y de noche, de subida y de bajada, a clases y a fiestas, con agilidad y contemplación.
A veces hay que estacionar…es entonces cuando le doy mis más cálidas muestras de afecto encadenándola con fuerza a la tierra firme, sin permitir que otro ose desearla; para mí es un terror constante pues, a pesar de sus múltiples defectos físicos -derivados de su transitada pero joven vida- ella es, objetivamente, bastante atractiva. Su maltrecha cabecita de canasto tiene una trizadura que la hace parecer alocada, pero la Rafa generalmente es bien centradita. Ahora, cuando se trata de apañar en los carretes, ella es la número uno; le encanta la adrenalina de salir al peligro y más aún recordar las anécdotas vividas a la mañana siguiente. El cansancio no es nada comparado con la satisfacción de haber estado juntas compartiendo ese tiempo muerto de desplazamiento en el cual el cuerpo se transporta mientras “lo otro” anda por ahí reboloteando por las hojas que han caído de los árboles, saltando por las nubes, cruzando calles… es ahí cuando más la quiero: en el tiempo nada, en el tiempo todo.
Autor: Araceli Dávila Figueras








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